DECÍAMOS AYER... Desarraigo y mal estílo
12/02/2010
INALIZADO el reposado refrigerio en El Rana Verde del Real sitio de Aranjuez, el viejo Ford modelo T de Pedro Antonio se aprestaba para la penúltima gesta: superar la mítica cota de la antigua Cuesta de la Reina, paso previo para la arribada a la gran ciudad, lugar donde los tres amigos habrían de permanecer durante unos días, los imprescindibles para conseguir los objetivos que les llevaba a la capital de las Españas. Era ya tarde avanzada cuando, renqueante, enfilaba la suave pendiente del paseo de las Delicias, luego de superar la plaza de Legazpi, para a la altura de la calle Tortosa girar, aparcando frente a la vieja casa de huéspedes de la Señora Lola, en el número 6. Era la primavera de 1945, pronto se cumplirán sesenta y cinco años. Tiempos difíciles en los que tratando de superar vicisitudes pasadas, el pueblo español pugnaba por ocupar un lugar preferente en el concierto de los pueblos de Europa. Tiempos en que la demanda superaba a la oferta, razón por la cual la visita personal al almacén o centro productor se hacía imprescindible si se quería conseguir unos objetivos que por correo resultaban imposibles de todo punto. Del teléfono ¡qué decir! Obligada, por tanto, la gestión sobre el terreno para a la vez que concertar compromisos les permitiría, previo conocimiento mutuo, convenir forma de pago de aquellos materiales: dóngolas, dubetinas y cabritillas; más los complementos -forros, suelas y serrajes-, productos imprescindible para la confección de calzado a la medida, que era el medio de vida de los tres amigos. Con ellos llegaba por vez primera al foro un joven de apenas quince años, hijo de uno de ellos, que por fin iba a conocer la capital. No imaginaba que fueran otras las razones que pudieran justificar su presencia en la gran urbe. Después de la cena, luego de una breve sobremesa se fueron a la cama. Era necesario el descanso tras el azaroso viaje, ya que al día siguiente muy de mañana habrían de comenzar una lucha contra el tiempo a fin de conseguir objetivos y regresar pronto a casa. Cuando muy de mañana los mayores se levantaron, el chiquillo llevaba ya un buen rato curioseando a través del balcón. Observaba el continuo devenir de las gentes, ora en el mercado aledaño, ora hacia la inmensa estación de Atocha, próximos ambos. Un rápido desayuno para después iniciar el largo peregrinaje por los distintos almacenes, posibles abastecedores de los materiales precisos: Mesón de Paredes, Juanelo, Embajadores, Toledo, Estudios, Ronda de Curtidores… Ante el chiquillo aparecía un mundo hasta ese momento desconocido. Mágico para su mente joven, comercio en estado puro, atávico; dentro del que cual la lucha por la subsistencia incluía el riesgo de que los materiales conseguidos pudieran ser confiscados durante el viaje de regreso. Importante detalle que el chiquillo comprendería tiempo después, ya que en aquel momento deslumbrado por la gran ciudad, solo tenía ojos para aquellos enormes edificios, el intenso tráfico y… ¡aquellos inefables tranvías! cuyo trole -que a veces se desprendía de su cable conductor-, despedía ingente cantidad de chispas eléctricas que su fértil imaginación convertía en lluvia de estrellas inundando el entorno ante la curiosidad general. Ya la hora avanzada, o así lo parecía, cuando llegaron a un establecimiento de la calle de Embajadores, en los bajos del antiguo Cine Pavón, el cual en contraste con los de su entorno marcaba la diferencia, productos de deporte especialmente y dentro, en la trastienda, discreta exposición de aquellos materiales en los que ellos estaban interesados. Era don Nemesio, el propietario, comerciante al viejo estilo, uno de los fundadores de aquel “Atleti” de comienzos del pasado siglo, su carnet con el número 33 lo guardaba como si de una joya se tratara. Cuando el padre del chiquillo explicó a don Nemesio que el crío era entusiasta de aquel Atlético de Aviación de la época, éste cayó porqué de su presencia: su padre quería que viera en directo a su ídolos, a la vez que la oportunidad de disfrutar de una tarde gloriosa en el viejo Metropolitano de la Avenida de la Reina Victoria, allá en los Cuatro Caminos.
Allí, en directo, junto a los míticos Tabales, Ederra, Mesa. Aparicio, Cobo, Gabilondo, Germán, Machín, Adrover, Amestoy, Arencibia, Taltavull, Campos y Vázquez; los Lezama, Arqueta, Mieza, Oceja, Iriondo, Ortiz, Nando, Panizo, Venancio, Zarra, Gárate y Gainza del equipo matriz, que en noble lid se preparaban para ofrecer a sus incondicionales una tarde que resultó inolvidable. Gran colorido y espectacularidad la que ofrecieron aquellos jóvenes futbolistas en defensa de sus colores; unos colores que en el fondo eran los mismos. Lo de menos fue el resultado, ganaron los madrileños, lo importante aparte el buen juego, fue el triunfo de los buenos modos y el señorío. Tiempo lejano donde las buenas formas superando intereses comerciales, eran la razón de ser de un deporte que en su evolución, junto a su mercantilización se produce el desarraigo, el mal estilo y… el desamor, hacia unos colores en beneficio de unos resultados económicos que son, en definitiva, la razón de ser de eso que ahora se suele llamar gloria deportiva. Juan Manuel RODRÍGUEZ MIRA